Vivimos en un mundo donde todo es relativo, donde cada caso es diferente y donde la interpretación de lo que es bueno, malo, correcto o incorrecto, depende del cristal con el cual se mire o a la persona a la que le corresponde vivir la circunstancia.
Apreciamos más la volatilidad del sentimiento, que la firmeza del carácter.
Le damos más prioridad a la flexibilidad de las ideas, que a la solidez de las bases de los ideales que las deben sostener.
No estoy diciendo que sea malo, solo entendiendo que nos gusta más la gelatina que el helado; amamos y proclamamos la inestabilidad como un sinónimo de avance y evolución y condenamos la rigidez o lo sólido como algo muerto, retrógrado, sin sabor ni futuro.
Es tonto pensar que todo tiempo pasado fue mejor, pero igual de tonto es no aprender de la historia.
Nos da miedo que se nos mueva el piso, pero no soportamos que los demás se mantengan firmes en lo que creen o en la manera en la que ven el mundo.
La flexibilidad de la gelatina es limitada, sus sabores también lo son, se logra combinar con muy pocas cosas y aunque puede calzar con muchas formas, esa misma capacidad de amoldarse no le permite ser lo suficientemente sólida para mantenerse en el tiempo.
El helado es más rígido pero con una variedad impresionante de sabores para satisfacer a plenitud cualquier paladar. También puede ser más blando por increíble que parezca e incluso mezclar bien con otros elementos que aunque en principio no combinen, se logran fusionar a la perfección para dar más y mejores matices a la vida.
Puedes hacer helado de prácticamente cualquier cosa, pero gelatina solo de unas cuantas. La rigidez no es sinónimo de limite completo, más bien entre más sólido y profundo, más puedes construir sobre él.

Publicado enDesde Mi Closet
